Francis Bacon nació el 22 de enero de 1561 en York House, en las inmediaciones del Strand londinense. Era el segundo hijo de sir Nicolás Bacon, lord Keeper, y de su segunda mujer, Ann Cooke. Nicolás Bacon había nacido en 1509 dentro de una posición social relativamente modesta: su padre era, según el Dictionary of National Biograpby, «rabadán de la abadía de Bury St. Edmunds». Pero llegó a entrar en Cambridge, donde entabló amistad con William Cecil, más tarde lord Burgbley y primer ministro de la reina Isabel, y con Mattew Parker, luego arzobispo de Canterbury. Hacia 1540 adquirió unas cuantas tierras que habían sido monásticas y, con la subida al trono de Isabel, fue nombrado lord Keeper. Aun cuando este nombramiento se debió a los buenos oficios de Cecil, Nicolás Bacon demostró pronto su capacidad para ocupar un alto puesto. A diferencia de su famoso hijo, era «excesivamente gordo». La madre de Bacon era una calvinista bien educada y "rígida desde el punto de vista doctrinal. No es descabellado interpretar la insistencia, tan devotamente expresada por su hijo, en la magnitud de la distancia que separa el conocimiento de la naturaleza, basado en los sentidos y la razón, del conocimiento sobrenatural, basado en la revelación, como una consecuencia directa de su severa formación protestante, en el supuesto de que las profesiones de fe sean sinceras, o como un irónico rechazo de dicha formación, si es que no lo son. Anne Bacon era la hermana de la mujer de William Cecil, el amigo cantabrigense de su marido, el lord Burghley que iba a ser objeto de constantes súplicas, dejadas muchas veces sin respuesta, para que promocionara a su hijo Francis. Bacon acompañó a su hermano mayor, Anthony, al Trinity College, de Cambridge, en abril de 1573, a la no muy madura edad de doce años y tres meses. Estuvieron allí sólo dos años. Se ha especulado con la idea de que Bacon haya podido verse influido por las corrientes filosóficas que predominaban allí en aquel momento. En particular se ha mantenido la posibilidad de que haya asistido a clases en las que se exponía la nueva lógica de Ramus. Everard Digby, que hacia 1580 iba a defender la antigua lógica frente al ramismo de su antiguo alumno William Temple, llegó a fellow del St. John y empezó a dar clases de lógica el mismo año en que Bacon llegó a Cambridge. En una etapa muy posterior de su vida, Bacon le confesó a su biógrafo Rawley que en Cambridge «sintió aversión por la filosofía de Aristóteles, no porque considerara que este autor, a quien no dejaría nunca de concederle los más elevados atributos, careciera de interés, sino porque su método le parecía estéril» (L 2). No es difícil entender por qué los biógrafos de Bacon no dejan de aprovechar ninguna pista posible relativa al desarrollo de su mente. Desde la época en que se marchó de Cambridge, en que todavía no tenía dieciséis años, hasta su destitución en 1621 a la edad de sesenta años, estuvo permanentemente dedicado a una carrera pública: jurídica a partir de la fecha de la muerte de su padre en 1579, política o al servicio directo de la Corona casi siempre. ¿Cómo pudo, a pesar de todo esto y de las extravagantes mejoras de su hacienda de Gorhambury, sacar el tiempo necesario para adquirir el cúmulo de conocimientos que hicieron de su gigantesco proyecto científico-filosófico algo por lo menos no ridiculamente pretencioso y que permitieron que una parte sustancial del mismo se realizara? Al año siguiente de abandonar Cambridge, Bacon acompañó a sir Amias Paulet a su embajada de Francia. En febrero de 1579, fecha en que su padre murió, estaba todavía fuera de Inglaterra. Bacon se encontró de pronto en una situación apurada que le llevó a inscribirse en el Gray’s Inn como primera medida para remediar su problema económico. En 1582 se hizo abogado y dos años después entró en la Cámara de los Comunes como miembro por Melcombe Regis, siendo éste el primero de entre los muchos puestos que iba a ocupar. Antes de haber cumplido los veinte años, había iniciado ya el interminable proceso de acosamiento para lograr favores, empezando por su tío Burghley, pero pasando luego en el debido orden a otras personas, generalmente más dispuestas a favorecerle, tales como Essex, la reina Isabel, Buckingham y el rey Jacobo I. Existe la conjetura de que la respuesta generalmente poco entusiasta de Burghley a las peticiones de su bien dotado sobrino se debió a la preocupación por la posición de su mucho peor dotado hijo, Robert Cecil, más tarde conde de Salisbury, el cual, a pesar de sus más bien mediocres, aunque tenaces, dotes, sucedió a su padre como primer ministro y permaneció en dicho puesto hasta su muerte en 1612. Por el año 1591, Bacon entabló amistad con el conde de Essex, último favorito de Isabel, pero todavía desacreditado por su matrimonio, no aprobado por la reina, con la viuda de sir Philip Sidney. Con sólo veintitrés años, Essex era seis años más joven que Bacon. Su momento culminante como héroe nacional después de la expedición a Cádiz tendría lugar tres años más tarde. En 1592, Bacon escribió en una carta a Burghley la famosa frase: «He tomado la totalidad del saber como mi provincia.»
Es probable que las principales líneas de la gran Restauración, el grandioso y fabuloso programa de la carrera intelectual de Bacon, hayan sido trazadas ya por esta época. Su actividad en el mundo de los asuntos públicos era más notoria. El apoyo de Essex, a menudo autodestructivamente impetuoso, no logró conseguir para Bacon el puesto de fiscal de la Corona. Este fue a parar a manos del hombre que, durante toda su vida, iba a ser su enemigo más constante, Edward Coke, defensor del derecho consuetudinario frente a las tendencias absolutistas de Isabel y Jacobo I. No pudo obtener siquiera el puesto inferior de subfiscal de la Corona, debido a que había despertado el resentimiento de la reina con motivo de su oposición en el Parlamento a su política tributaria. Es probable que durante esta relativa tregua en sus actividades Bacon se haya dedicado a escribir el primero de sus Ensayos. La primera colección, diez en total, apareció en 1597. (La cifra total de cincuenta y ocho se alcanzó en 1625, un año antes de la muerte de Bacon.) Sus asuntos financieros estaban en mal estado. En 1598 fue por poco tiempo arrestado por deudas. El estrepitoso fracaso de la expedición irlandesa de Essex le confirió a Bacon una oportunidad para recuperar su puesto a los ojos de la reina, así como para dar muestras de ciertas cualidades reptiles de carácter. Essex fue juzgado, aunque de manera informal, por mala administración y desobediencia a las órdenes de la reina. Enfurecido y ofendido por la pérdida del favor de la reina, Essex planeó una insurrección. El apoyo con el que había contado no apareció por ningún lado y en seguida fue detenido. Tanto Bacon como Colee tomaron parte en el proceso a que fue sometido. Coke actuó de forma embrollada e incompetente y Bacon tuvo que liberar las actas de su torpeza. Essex fue condenado y ejecutado. A Bacon se le ha culpado de haber traicionado a Essex, pero, cualquiera que sea la responsabilidad que pueda haber tenido por animar a Essex a proseguir su desafortunada aventura irlandesa, no parece haber tenido, sin embargo, conocimiento alguno de la conspiración preparada por éste para apoderarse del puesto de primer ministro por medio de un coup d'état violento. Estos servicios a la Corona, ambiguos cuando menos desde el punto de vista moral, no parecen haber servido de mucho para superar la antipatía y recelos que en Isabel despertaba Bacon. Con la muerte de ésta en 1603 y la subida al trono de Jacobo I, las esperanzas de ascenso volvieron de nuevo a resurgir en Bacon. Cuatro meses después de que el nuevo rey subiera al trono, recibió el título de sir, pero el lustre de semejante honor se vio oscurecido por el hecho de que este título fue conferido también a otras trescientas personas. Fue un hombre activo en el Parlamento, trabajando especialmente en las consecuencias de la unión de las coronas inglesa y escocesa, pero no obtuvo ningún nombramiento hasta 1607, fecha en la que logró por fin la subfiscalía de la Corona, al no constituir ya Coke obstáculo alguno por haber sido promocionado a la judicatura en el año anterior.
En 1606 Bacon se casó con Alice Barnham, hija de un alguacil mayor londinense y de una rica heredera. La Eticyclopaedia britannica dice que «parece que (este) matrimonio. .. aunque sin hijos, no fue desgraciado». Aubrey pinta un panorama más colorido de la vida doméstica de Bacon, del que dice que era un pederasta y que «sus Ganimedes y favoritos se dejaban sobornar; pero su señoría ç Anthony Quinton dictaba siempre sentencia secundum aequum et bonum». Luego insinúa que la mujer de Bacon tuvo a su vez consuelo. «Su viuda», escribe, «se casó con su ayuda de cámara y profesor, sir (Thomas, yo creo) Underhill, al que dejó sordo y ciego por abusar de Venus».
En 1605 se publicó la primera de las obras filosóficas de Bacon: The Advancement of Leartting. El primer libro es un florido panegírico del saber; el segundo, más del doble de largo, está en buena medida dedicado a la exposición de una minuciosísima clasificación de los tipos de conocimiento que desde entonces ha ejercido una profunda influencia en la ordenación de bibliotecas y enciclopedias. Cuatro años más tarde apareció el De Sapientia Veterum, que es una interpretación del significado moral y prudencial de los mitos antiguos y que, después de los Ensayos, fue la obra de Bacon más leída en vida de éste. En 1610 escribió su Nueva Atlántida (aunque no se publicó hasta después de su muerte), obra en la que se exponen de forma imaginativa sus ideas más influyentes acerca de la naturaleza social de la investigación científica. La beneficiosa muerte del odiado Salisbury llevó a Bacon otra vez a la vida pública. En cuanto al otro importante obstáculo humano que impedía su ascenso político, Coke, fue quitado de en medio no por la muerte, sino por haber sido promocionado, a instancias de Bacon, al tribunal del King’s Bench. Logra entonces por fin el puesto de fiscal de la Corona que durante tanto tiempo había perseguido. Fue entonces cuando se dirigió de forma efectiva al nuevo favorito del rey, George Villiers, en seguida conde, y más tarde duque, de Buckingham. Su principal ocupación fue la defensa de las prerrogativas reales frente a los antiguos derechos y costumbres tan obstinadamente defendidos por Coke, así como el desarrollo de sus amplias ideas acerca de la racionalización del derecho. En 1615 el caso Peacham hizo aumentar aún más la antigua hostilidad entre Bacon y Coke y brindó nuevo material a Macaulay para sus ataques contra el carácter de Bacon. Peacham era un clérigo sobre el que recaían sospechas de conspiración sediciosa, cuyo fundamento eran unas notas para un sermón halladas entre sus papeles. Fue torturado en presencia de Bacon para arrancarle los nombres de sus presumiblemente inexistentes cómplices, pero nada se sacó en limpio. A pesar de ello, el gobierno prosiguió la persecución de Peacham, para lo cual, aconsejado por Bacon, trató de recabar las opiniones de los jueces por separado en vez de colectivamente. Una serie de enfrentamientos entre Coke y el rey a propósito de la jurisdicción de diferentes tribunales y, en último término, de los poderes del rey para trazar las fronteras entre ellos, llevaron a Jacobo a destituir a Coke.
En 1617 Villiers logró el puesto de lord Keeper que había ocupado su padre y, por último, en 1618 llegó al más alto puesto legislativo existente bajo la Corona, el de canciller de la Cámara de los Lores. Cuando su fortuna parecía asegurada y su odiado rival, Coke, humillado sin remedio, Bacon volvió a patinar en el asunto del matrimonio acordado entre el hermano menor de su protector Villiers y la hija de Coke. La madre de la joven se oponía al matrimonio y Bacon creyó que podía hostigar aún más a Coke obstruyendo dicho plan. Su interferencia enfureció a Buckingham y también al rey. Pidió servilmente perdón y en 1618 se convirtió en barón de Verulamio. En 1621 fue ascendido a la categoría de vizconde de St. Albans. Menos de tres meses más tarde se abatió sobre él la mayor de todas sus desgracias al presentarse peticiones en la Cámara de los Comunes acusándole de cohecho. La Cámara de los Lores emprendió una investigación, Bacon cayó en desgracia, pensó en asumir su propia defensa y al final, avergonzado, terminó por admitir los cargos que se le imputaban. La sentencia pronunciada fue severa: una multa de 40.000 libras, permanecer prisionero en la Torre durante el tiempo que el rey quisiera, inhabilitación para el Parlamento y expulsión de la corte y sus alrededores. De hecho, la multa le fue perdonada y en la Torre no estuvo más que dos o tres días. Pero no fue capaz de conseguir que se le levantara el castigo de tener que salir fuera de las doce millas de la corte hasta que hubo vendido su casa natal y mansión londinense, York House, al codicioso Buckingham, el cual actuó aquí con la fina elegancia del saqueador que escarba entre los escombros en el sitio donde ha tenido lugar un accidente aéreo. Este revés marcó el final de la vida pública de Bacon. No obstante, se mantuvo activo y emprendedor hasta su muerte acaecida cinco años después.
La segunda de sus principales obras filosóficas, Novum Organum, había sido publicada en 1620, un año antes de la catástrofe. Menos de seis meses después de habérsele comunicado la sentencia, había terminado ya su monografía sobre el rey Enrique VII. A ésta le siguieron en seguida dos compilaciones de historia natural, consistentes en puro material bruto dispuesto para la investigación según el método que había elaborado en Novum Organum: Historia Ventorum, aparecida en 1622, e Historia Vitae et Mortis, al año siguiente. En el mismo 1623 publicó también De Augmentis, que es una versión considerablemente ampliada de su The Advancement of Learning de dieciocho años antes.
Jamás logró quitarse de encima su arraigado hábito de molestar al máximo en busca de la promoción. Envió una copia de Novum Organum al rey, el cual la comparó, en una muy gastada fórmula, a la paz del Señor, dado que sobrepasaba toda comprensión.
La historia de su muerte, vuelta a contar por Aubrey, es bien conocida. Conviene narrarla con las palabras de Aubrey: «Estaba tomando el aire en un carruaje con el doctor Witerborne (un escocés, médico del rey) en los airededores del Highgate, la nieve cubría el suelo y en la mente de milord irrumpió la pregunta de por qué no podría conservarse la carne en la nieve, lo mismo que en la sal. Ambos acordaron realizar el experimento en aquel mismo momento. Se apearon del carruaje y llegaron a la casa de una pobre mujer situada en el fondo de la colina de Highgate, compraron una gallina e hicieron a la mujer vaciarla, luego llenaron el cuerpo de nieve y milord se sirvió de ella. La nieve le produjo tal frío que al instante se sintió tan gravemente enfermo que no pudo regresar a su casa (supongo que estaba entonces en Graye’s Inne), sino que se dirigió a la casa del conde de Arundell en Highgate, donde lo acostaron en una buena cama calentada con un calentador, pero se trataba de una cama húmeda que no había sido utilizada desde hacía años, la cual le produjo tal frío que en dos o tres días, si no recuerdo mal lo que él [Hobbes, el que le dio a Aubrey la información] me contó, murió asfixiado.»
El carácter de Bacon no ha despertado mucha admiración. El pareado de Pope es digno de recuerdo por su concisión: Si los talentos te deslumbran, piensa cómo brillaría Bacon, el más sabio, inteligente y miserable de los hombres. Fue éste un período en que los aspectos más agradables de la naturaleza humana no estaban demasiado fomentados en la vida pública inglesa. Isabel y Jacobo I tenían la excusa de los fatales destinos de sus respectivas madres. Los Cecil eran taimados y embusteros: los sodomitas de Jacobo I, Somerset y Buckingham, mucho peores. Bacon tuvo la especial mala suerte de haber sido objeto de un ensayo, escrito por Macaulay, fácil de leer y divertidamente indiscreto, en el que en lo que más hincapié se hace es en su, sin duda, representativo servilismo para con los de arriba, su traición a Essex y la forma ilegal de proceder que le llevó al desastre de 1621. Bacon parece haber sido un tipo extraordinariamente frio. El dijo de sí mismo: «He estudiado libros y no hombres», y los sentimientos privados normales parecen haber desempeñado escaso papel en su vida. Tal vez esto ayude a explicar de qué modo se las ingenió para realizar una parte tan grande de su plan general consiguiendo a la vez, para decirlo con las palabras de Macauley, «tanta gloria y tanta deshonra
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